Hay un lugar dentro de ti desde el que la vida deja de arrastrarte.
Hay dos maneras de vivir, y casi nadie sabe que puede elegir. Una es vivir desde la mente: desde el pensamiento, el miedo, la necesidad de controlar. La otra es vivir desde el Ser: desde ese fondo despierto y en paz que eres por debajo de todo eso. Casi toda la vida la pasamos en la primera. Este texto va de cómo se pasa a la segunda.
Cuando digo el Ser no me refiero a nada abstracto ni misterioso. Hablo de eso que en ti está presente y consciente ahora mismo, mientras lees, y que se mantiene igual mientras los pensamientos y las emociones van y vienen. No es una idea que haya que creer; es lo más cercano y evidente que hay, tan cercano que llevas toda la vida pasándolo por alto. Vivir desde el Ser es actuar, decidir y relacionarte desde ese fondo tranquilo en lugar de hacerlo desde la reactividad de la mente.
La diferencia se nota en lo concreto. Desde la mente, vives empujado: reaccionas a lo que pasa, buscas sin parar, te defiendes, te comparas, te adelantas al futuro con preocupación. Desde el Ser, respondes en lugar de reaccionar; hay una distancia serena entre lo que ocurre y tú, y desde esa distancia puedes elegir. La misma vida, los mismos problemas, pero vividos desde un centro que no se tambalea a la primera. No es dejar de pensar; es dejar de ser el pensamiento y usarlo desde un lugar más hondo y quieto.
Un ejemplo cotidiano lo aclara. Alguien te critica. Desde la mente, saltas: te defiendes, te duele, le das vueltas durante horas. Desde el Ser, la crítica llega, la oyes, y hay un espacio entre lo que te han dicho y tú; desde ese espacio decides si tiene algo útil o no, sin que te arrastre. No es que te vuelvas frío o indiferente; al contrario, sueles responder mejor, porque no reaccionas en caliente. Lo mismo sirve para el miedo, la prisa o el enfado: no cambia lo que pasa, cambia el lugar desde el que lo vives.
No se trata de tener una vida distinta, sino de vivir la tuya desde otro lugar.
A ese fondo desde el que se puede vivir lo llamo el espacio abierto, y es el hogar del Ser. No es un estado que haya que fabricar, sino el lugar que ya eres cuando la mente se aquieta y dejas de identificarte con ella. Descansar ahí no es evadirte de la vida: es habitarla desde su raíz. Y como cualquier hogar, la cuestión no es visitarlo de vez en cuando, sino aprender a vivir en él.
Y como todo en este camino, se entrena con algo muy concreto, no con buenas intenciones. Se aprende a reconocer las sensaciones de estar colocado en el Ser: la autonegación del yo, la atención descansando en el sí mismo, el sabor del espacio abierto. Al conocerlas, puedes volver a ese fondo a voluntad, tantas veces al día como haga falta, hasta que ya no tengas que volver porque no te has ido. Ese es, dicho en mi lenguaje, el paso de visitar el Ser a permanecer en él, y se sostiene sobre todo en medio de tu vida cotidiana, no de espaldas a ella.
Aquí está el salto que importa: que vivir desde el Ser deje de ser una idea bonita que entiendes y se vuelva tu manera real de estar en el mundo. Eso no ocurre leyendo, sino con práctica sostenida y, casi siempre, con acompañamiento. Es de lo que trata Permanecer, y se entrena semana a semana en el Aula. Si quieres empezar a entrenarlo en vivo, la vía es el grupo de autorrealización, su aula de entrenamiento.
En el Aula entrenas semana a semana las sensaciones del estado despierto para que deje de irse. Permanecer es el camino completo hasta que ese estado se vuelve tu casa.
Habitarlo de forma estable se reconoce y se entrena.
Conocer Permanecer