Un antes y un después
El momento más duro de mi vida fue cuando una fuerte energía espiritual atravesó mi experiencia. Literalmente creí que iba a morir. Sentía que el corazón se me iba a parar.
Esa muerte espiritual marcó un verdadero antes y después en mi vida.
Empezar de nuevo.
Mi historia también está atravesada por la ruina. Conocí el éxito, tuve un negocio próspero y llegué a creer que lo tenía todo resuelto. Después perdí casi todo y tuve que empezar de nuevo, ocupándome de aquello que antes daba por hecho: salir adelante, sostenerme, resolver lo más básico. Llegué a acudir a la asistenta social para recibir los cheques del mes.
Cuando hablo de presencia, del Ser o de aprender a permanecer, llevo conmigo esas experiencias. La profundidad que había reconocido tuvo que encontrar su lugar entre las preocupaciones, la incertidumbre y las dificultades de mi propia vida.
Sé lo que significa tocar una paz inmensa y sentir que después se te escapa. Reconocer algo profundamente verdadero y volver a quedar atrapado en la preocupación. He vivido ese contraste en mi propia piel. Mi enseñanza nace también de haberlo atravesado.

Una vocación de vida
Mi tiempo, mi trabajo,
mi práctica y mi corazón.
Hace más de catorce años que acompaño a otras personas en este camino. Con los años, esta vocación ha ido ocupando el centro de mi vida.
He puesto mi tiempo, mi trabajo, mi práctica y mi corazón al servicio de un mismo propósito: contribuir a la expansión del despertar de la conciencia. Acompañar a otras personas a reconocer el Ser, profundizar en el samadhi y aprender a vivir desde esa presencia.
Siento una profunda devoción por este trabajo. Por la posibilidad de que cada vez más personas descubran esa dimensión de la existencia y encuentren cómo llevarla a su vida. Por el despertar de una humanidad más consciente, más presente y más abierta al amor.
Esa entrega toma forma cada día en la comunidad que dirijo.
La comunidad · Octubre de 2026
180+personas compartiendo este camino
En octubre de 2026 somos más de 180 personas compartiendo este camino. Cada una llega con su historia, sus preguntas y su anhelo. Y lo que más me conmueve es escuchar cómo aquello que cultivamos juntos empieza a florecer en sus vidas.
La resonancia del encuentro
Y en esta etapa está sucediendo algo especialmente hermoso.
Hay personas que nos cuentan que, apenas se incorporan a la comunidad y se conectan por primera vez, sienten una apertura interior, una expansión, una presencia que las sorprende. Algunas describen experiencias espirituales desde ese primer contacto, como si al entrar encontraran algo profundamente familiar que empezara a despertar en ellas.
Escuchar estos relatos me emociona. Siento que el samadhi que llevamos años cultivando juntos está alcanzando una profundidad y una fuerza que empiezan a sentirse también en quienes llegan. Esa resonancia viva, sostenida por tantas personas entregadas a la práctica, es una de las cosas más preciosas que estoy viviendo.
Me conmueve pensar en todo el camino recorrido y escuchar a alguien recién llegado decir que ya está sintiendo esa apertura. En esos momentos siento, de una manera muy íntima, cómo nuestra entrega compartida empieza a abrir camino para otros.
La presencia en la vida
Lo que cultivamos
empieza a florecer.
También están los alumnos que cuentan que la presencia los acompaña cada vez más. Que el samadhi comienza a ser habitual. Que vuelven a casa y algo de lo vivido sigue ahí: al conversar, al trabajar, al abrazar a alguien querido, al atravesar una dificultad.
Algunos llevan años caminando conmigo. Hoy su experiencia también sostiene a quienes llegan. Verlos profundizar, compartir lo reconocido y acompañarse unos a otros es una de las cosas más hermosas de este proyecto.
Siento que estamos entrando en una etapa de madurez y expansión. La resonancia que vivimos juntos empieza a encontrar expresión más allá de nuestros encuentros, en las familias y en la manera de estar en el mundo.

Mi vida está aquí
Con toda mi entrega.
Con toda mi devoción.
Cuando miro mi recorrido —la ruina, aquella muerte espiritual, los años de práctica y de enseñanza— y miro lo que hoy compartimos, siento cuánto de mi vida está aquí. Me reconozco como un privilegiado, rodeado del amor de las personas que comparten su pasión por el Ser conmigo.
En cada encuentro con mi comunidad renuevo esa entrega a la elevación del samadhi. En cada persona que comparte lo que está descubriendo encuentro un motivo para seguir. Me sigue conmoviendo ver cómo la presencia comienza a echar raíces y cómo una vida empieza a abrirse desde dentro.
A esto dedico mi vida, con toda mi entrega y mi devoción: a acompañar el despertar de la conciencia y a cuidar una comunidad donde ese reconocimiento pueda arraigar, hacerse más estable y florecer en nuestra manera de vivir.