La meditación

A medida que te abras a la experiencia contemplativa y silenciosa del espacio abierto crecerás en sensibilidad.

En el silencio de la meditación, una presencia suave pero poderosa que es la esencia subyacente de todo lo que existe se revela en esa sensibilidad, necesitas la sensibilidad porque esta presencia no es existencia, no es forma es sin forma. Y en ella descubres que no estamos desconectados, viviendo como extraños en un cosmos indiferente. Somos una parte integral, el latido mismo del universo.

Dentro de este espacio sutil pero amoroso, la sensibilidad se despliega como una flor bajo el sol de la mañana. Con cada pétalo que se abre, nuestra comprensión se profundiza: cada brizna de hierba, cada gota de rocío es tan esencial como las estrellas que salpican nuestra noche. esta sensibilidad meditativa no solo revela lo que no tiene forma sino que te enseña profundidad, te enseña que no hay nada trivial en la existencia; cada elemento es parte integral de lo que es.

 La sutileza de esta comprensión cambia todo: ya no solo ‘estamos’, sino que verdaderamente ‘pertenecemos’.

Y con esta nueva sensibilidad, nacen amistades inesperadas.

Dialogamos sin palabras con los árboles, nos movemos al ritmo de los ríos y aprendemos la paciencia de las montañas. Los animales, los océanos y las estrellas se convierten en compañeros en nuestro viaje, cada uno compartiendo sus secretos en el lenguaje del Ser.

Si te abres al silencio de la meditación, tarde o temprano crecerás en sensibilidad. A medida que la sutileza del espacio abierto nos envuelve, el amor y la amistad se expanden más allá de los límites de lo personal. Nos enriquecemos no solo en espíritu sino en verdad, pues al reconocer la esencia subyacente que compartimos con todo, entendemos finalmente que amar y conocer son la misma cosa.

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