El mundo desparece en el espacio abierto

En mi travesía por la vida contemplativa, he descubierto algo brutal: los objetos solo cobran vida bajo el foco de la Conciencia. Pero, ¿y si dejamos que el espacio abierto tome las riendas? Ahí es cuando la magia sucede. Esta forma de ver las cosas, lejos de ser un simple ejercicio, se ha convertido en mi esencia. Yo Soy Eso. Estar en el ahora es mi juego, donde mi atención se fusiona con el espacio abierto, tan natural y fácil como respirar. Y entonces, el mundo, ¡pum!, se esfuma.

Estar a tope en el presente es como mandar a paseo la tiranía de estar siempre pendiente de todo lo que nos rodea. En este estado, el mundo que crees conocer empieza a cambiar de forma. No desaparece como por arte de magia, sino que se vuelve transparente. Y ojo, no es que se vuelva invisible, es que cambia tu manera de percibirlo. El mundo sigue ahí, pero mi atención sobre él se ha evaporado, dejando una claridad y una tranquilidad que van más allá de lo que la mayoría entiende.

Esta transparencia es algo con lo que me he hecho íntimo. Al darle la espalda al enfoque en cosas específicas, me libro de esa sobrecarga mental que mi cerebro suele procesar. Es un estado de ser que trasciende la mera observación; es sumergirse de lleno en la esencia de la vida.

Desde este punto de presencia profunda, he conectado de verdad con el universo. Al ignorar los detallitos y las distracciones del mundo exterior, me hallo en un lugar donde la inmensidad y la calma de todo se hacen patentes. Es una paz que no tienes que buscar; simplemente está ahí, omnipresente y al alcance de la mano.

La vibración del espacio abierto te enseña que, al dejar de prestar atención a lo externo, lo que se descubre es un mundo sin forma, lleno de paz y profundidad. En este espacio de no-atención, hay un vacío y una plenitud que lo abarca todo. Así que, ¿por qué no dejar que el espacio abierto te muestre lo que realmente hay?

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